
" Aquella mañana amanecí entre sábanas mojadas de sudor y me asomé a la ventana. Es confuso, un día lo tienes todo y otro día nada. Te levantas al alba y, con las luces asemejando un dibujo en el que un niño ha depositado manchas amarillas por doquier, miras a lo lejos. Los sonidos de las sirenas suenan al compás del tic-tac del reloj de tu mesilla de noche... Tienes dos opciones. La primera consiste en asomarte por la ventana y ver un montón de tejas puestas concienzudamente una detrás de la otra y permanecer así hasta donde la vista te alcance. La segunda opción es de la que me hecho dueña, es mía. Consiste en asomarte para poder ver desde tu propio balcón o buhardilla un desfile de nubes zombies que siguen un rumbo aún sin determinar y que se esperan delante de tus ojos para que puedas admirarlas unos segundos más. O poder ver cómo el sol lucha por salir de entre las montañas, esperar a que derrita la nieve caída en días anteriores y esperar... Esperar en silencio... Y esperar... Pero sobre todo esperar con esperanzas y no moverte de allí, para que cuando las nubes te ofrezcan un mundo mejor, puedas subirte a ese tren. "















